Anecdotario viajero (I): Morir en el metro de Roma

[Roma, a cuerdos y locos doma]

   

Habrá maletas en el mundo para que mi madre tenga que enviarme con una de piel vieja, muy lejos de todos los modernos embalajes del resto de compañeros. Apenas tengo 16 años, es la primera vez que subo a un avión y todo apunta a que va a ser un viaje movidito

Roma y el cambio del mundo

Es 13 y además martes, ni te cases ni te embarques que se suele decir, pero allá vamos justamente un mes después del 11M. Hay miedo, apenas somos unos críos y nos impresiona la policía italiana armada con metralletas parecidas a las Thompson con tambor ¡Alucina! Somos adolescentes y nos guía un cura rechoncho y alto, pero ni eso parece librarnos de la mirada afilada de estos tipos. Es un momento convulso, la Italia de Berlusconi también está en el punto de mira del terrorismo y quien sabe de qué otras cosas  ¡Viva la Italia!

GUIA DE ROMA

Esta gente sí que sabe tratar al turista

Roma nos parece gris, desvencijada, decadente. También peligrosa, ya que cuando uno sale de su entorno confortable y más si cambia de país suele perder la noción de los rostros vagabundos, el maleante o simplemente un árabe: recordemos, un mes después del atentado de Atocha todos cambiábamos de vagón ante la presencia de un tipo oscuro con mochila. El ánimo de supervivencia no tiene razón para ser justo.  El metro es un peligro sin lugar a dudas, vagones viejos de hojalata y repletos de graffitis nos llevan hasta la ciudad del Vaticano. Qué delicia avanzar por la vía de la Concilliazione hasta el obelisco que emerge en la plaza que ha manejado el mundo por activa o por pasiva.  Y vaya ¡qué detalle! decenas de sillas plegables ocupan la plaza para que podamos contemplar la inmensidad de la columnata de Bernini. Algunas monjas con exóticos ropajes rezan arrodilladas y grandes grupos con pañuelos al cuello cantan mientras pasan por las enormes pantallas imágenes de Juan Pablo II a bordo de su vehículo.  Pero algo paso, las sillas no están para tal cometido y esas imágenes que pasan por TV coinciden con el grito de la gente y ese papamóvil que acaba de pasar junto a nosotros es el papamóvil real y esa coronilla coronada de blanco ¡Joder! En ningún momento nos habían avisado de esto. 

Fotografía de archivo personal. Aquél punto blanco es JPII          

La muerte en los talones

No la mía. La del pontífice. Mamá ví al Papa, Esta llamada que corre mucho hijo, Casi se muere en directo, Sí lo acabo de ver en el telediario.  Moriría un año después, pero aquella mañana dejó de balbucear la misa durante unos minutos, en un vahído que habría sido histórico. Histórico para mí, claro.  Ya de noche, la estación Termini no es el mejor lugar para que lo transiten un grupo de adolescentes acalorados. Nos cruzamos con un tipo sangrando, otros nos ofrecen droga. Nos acostumbramos a no pagar el metro, en Roma no es necesario hasta que lo es. Cuanto antes regresamos al hotel y comienza el show: un sacerdote bebiendo ron con hielo en nuestra habitación, una guía geriátrica amenazando con acusarnos de tráfico de drogas con el único afán de que abandonemos el escándalo y yo, imberbe y soso, recibiendo mi primer beso y por parte de una italiana.  Soy bohemio por deformación, lo sé. 

Acabar detenido es posible

Los días no tienen comienzo ni final a estas edades. Apenas hemos orinado el alcohol y ya estamos en ruta, rellenando el vacío con pedazos de pizzas y comprando rosarios con olor a antipolillas.  Tomamos el metro de nuevo. Es hora punta y toda una odisea situarse en el andén. Dejo pasar, dejo pasar y me abalanzo hacia el vagón al punto que las puertas se cierran sobre mis hombros.  Han montado todos mis compañeros excepto yo, colgado entre dos puertas coincidiendo con que la máquina arranca su marcha. El sacerdote grita, pero solo lo veo mover los labios, un carabinieri tira de mis hombros y me salva la vida, supongo. Va a abofetearme un tipo con una enorme gorra de plato que vocifera mientras pasa mi tren, ante mis ojos, dejándome solo en la que hasta el momento me parece la ciudad más peligrosa del mundo conocido. No hay mal que por bien no venga. Un convoy después consigo montarme, haciéndome el tipo duro que no era, y bajo en la que creo que es la mejor parada de metro en la que bajé jamás. Escaleras, escaleras y ¡el Coliseo! Ahí, viejo y sucio, pero incomparable. Y al lado un grupo de chavales junto a un sacerdote nada preocupado por mi ausencia.

Archivo personal. Los años pasados no fueron mejor.

La vida es eso, a minutos de contemplar una maravilla del mundo uno puede acabar aplastado en el subsuelo. Tu tren no tiene porqué ser el del resto.

Posdata

No se si es una especie de maldición, pero en todos mis viajes se alinean los planetas para forjar un anecdotario de alto voltaje. Incluso lo que nunca conté. Veamos:

Regresamos a Barajas en vuelo nocturno, qué preciosidad ver la capital iluminada. La nave planea a ritmo del hilo musical de Keith Richard. Lloro porque esa italiana, lógico, es el amor de mi vida porque es el primero y yo un ingenuo. Tremenda juventud.

Corro al cuarto de baño. Todos ocupados hasta que desocupa uno ¡qué casualidad! nuestro pater. Acaba de tirar de la cadena, pero me agacho a limpiar con papel la loza y allí, sumergido y sin comprensión, acaba mi teléfono movil, a la espera de ser salvado a tiempo.

Y claro, sí, metí la mano en busca de mi Triumph esperando que el cura hubiera cagado como un bendito. Qué menos.

 

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Cómo me infiltré en una base aérea del ejercito.

El mejor lugar del mundo.

La ciudad misteriosa del norte. 

2 comments on “Anecdotario viajero (I): Morir en el metro de RomaAdd yours →

  1. Madre mía Mario. Tus anécdotas en los viajes empezaron muy pronto. En cada viaje te superas! Espero que siempre se queden en anécdotas, que después nos las cuentes y, lo siento, pero creo que por ahora no viajaré contigo xD

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