ELLIA

Paul sentía una impaciencia cada vez mayor a medida que el tren avanzaba. Paul era un embrión de biólogo, pedante conocedor de cientos de especies, aunque comenzaba a perder interés tras dos horas de safari.

––Tapires, carpinchos, pecaríes -la guía de la reserva natural enumeraba las especies preferidas de las panteras- son el complemento perfecto para la alimentación de las reinas de la selva.

Alex bostezó de hartazgo, al igual que Pamela. Incluso para Paul, su hijo, comenzaba a ser soporífera la enumeración de especies semidormidas.

––Qué humedad… -se quejó Pamela.

––Atmósfera amazónica ––corrigió Paul.

La ristra de puertas del convoy se deslizó y Paul saltó como si hubiera estado entrenando para ello.

––Por favor -advirtió la guía- Recuerden: mantengan vigilados a sus pequeñas criaturas, la Reserva Stilton tiene mecanismos de seguridad de vanguardia, pero la naturaleza es impredecible.

Alex no pudo contenerse:

––¿Ha muerto algún visitante aplastado por una palmera?

––Basta, Alex… -reprendió Pamela. 

––En serio -insistió el marido- Es interesante.

La guía levantó el dedo.

––Mire, observe el cielo. 

El matrimonio miró entre las palmeras. El sol se filtraba, por lo que ambos entrecerraron los ojos y abrieron la boca en un acto reflejo.

––¿Ven algo? -preguntó la guía- No, no pueden ver nada que les parezca peligroso. Pero este fin de semana pasará a unos treinta mil kilómetros de la tierra un meteorito del tamaño de esta reserva. Está controlado por la NASA; sin embargo, una avalancha en su superficie pedregosa lo desviaría de su órbita. Impactaría con el planeta.

––¿Y qué? -se burló- ¿Se extinguirían los dinosaurios?

La radió de la guía crepitó. 

––Hay una especie que vive en estas palmeras, precisamente, el oso de mar.

––¿Oso de mar?

La mujer unió sus cejas.

––Un tardígrado, se alimenta succionando líquidos vegetales. Seres microscópicos con una radioresistencia mucho…

––¡A nuestro hijo Paul le encantan los meteoritos! -cortó Pamela- ¿Se verá desde la tierra?

La guía se disculpó ante la insistencia del walkie.

––A Paul le encantan -repitió la mujer- Por cierto, ¿dónde está Paul?

El vestíbulo de la zona de simios había vivido épocas mejores. Algunos ventanales estaban agrietados y el sistema de ventilación creaba una humedad pegajosa. Un cartel enumeraba las reglas.

La gran madre permanecía sentada de manera humana, con la mirada puesta en la hilera de árboles del redil. Paul siguió el recorrido y salió al aire libre. 

––Hola -una voz adulta lo interrumpió- ¿No deberías estar con tus padres? ¿Te has perdido?

Negó. El trabajador de la reserva se inclinó hacia el chico.

––¿Te gustan los gorilas?

––Mucho, pero ¿ese está muerto? -el cuidador siguió su dedo, palideciendo.

––¡Dios santo! Alerta en la estación de primates -dijo llevándose el walkie a la boca- ¿Martínez? ¿Yuca? Saquen a todo el mundo del recinto de primates, hay uno malherido.

––Está muerto.

Era el chico, de nuevo. 

––¿Dónde están tus padres?

De nada sirvió que contestase, el guardia corrió hacia una puerta privada. Paul dejó la sala tras los pasos del cuidador.

––¿Dónde está Ellia? -dijo el tipo acercándose la radio a la oreja, mientras corría- ¿Fuera?

Mierda, musitó.

Debían permanecer en calma. 

Oyeron gritar a alguien. Las voces parecían cercanas.

––El recinto de primates ha sido cerrado -informó la guía. 

––¿En serio? -se quejó Alex- ¿Sabe el disgusto que le va a dar a mi hijo?

Pamela suspiró y se dejó caer en un banco junto al apeadero del tren. 

––Maldita sea -se desesperó la madre- Alex, Paul no aparece.

––Niña -llamó a la guía- puede hacer algo con ese aparato para encontrarlo.

––No me llame niña, señor -cortó- No puedo hacer nada, dejaremos aquí la visita. Me reclaman.

“Alerta máxima, hay un intruso”.

La guía apretó el botón y el aparató volvió a gemir. A través de la radio se oían gritos histéricos.

––No funciona -dijo, apagando el aparato- ¿Pueden acompañarme a la sala de seguridad?

Gigantescas plantas dificultaban su paso, un detallado mundo selvático se abría hueco entre los edificios. La gran Ellia miró al niño, encaramado sobre el puente desde el que solían llover bananas y hojas de col.

––¿Tienes una cría? -gritó el intruso.

Por el inmenso pabellón correteaban diversas especies de primates. Pequeños ejemplares que apenas tocaban el suelo, inapreciables ante la presencia del enorme ejemplar de gorila. 

––¿Puedo bajar a por el mono muerto? 

Su respiración era entrecortada y sibilante. Las piernas le temblaban. Debo ser valiente, pensó.

––El monito muerto, quiero tocarlo.

Alex quedó aterrado al descubrir a su hijo en las pantallas de seguridad, caminando sobre el gorila.

––¿Qué van a hacer?

Los guardias permanecían tranquilos.

––Lanzaremos estímulos sonoros para evitar…

––Eso no servirá de nada -cortó Alex.

––No sabemos si servirá, pero es el método menos invasivo -contestó quien llevaba el mando.

Alex Trip bufó. 

––Hagan algo, me da igual qué. 

Paul se movía, pasando de una pantalla a otra. Inocente.

––No podemos, es Ellia. 

––¿Quién coño es Ellia?

Una pantalla hizo zoom sobre uno de los ejemplares.

SEGURIDADCAMARA8, 11:34H 291475. Ellia.

––Un símbolo para el país, lo dice la Constitución.

––¿El símbolo de este país es un mono albino?

Se hizo un silencio. Pamela comenzó a llorar con fuerza. Nadie habló y, a Ellia, le sirvió para acerarse al puente. Entonces todos vieron como lanzó el mono muerto sobre Paul.

Paul perdió el conocimiento. 

Un pequeño primate se abalanzó sobre él, girando el cuerpo inerte de manera antinatural. La madre simio gritó, crispada con el intruso. 

Ellia se irguió, como una mujer. 

Uno de los bracitos de Paul colgaba por la barandilla.

––¡Llamen al puto presidente de este país!

Los guardias se pusieron tensos. Un tipo con sombrero de cowboy se levantó y tomó a Pamela de los hombros.

––Hay una solución.

Todos los ojos se volvieron hacia el hombre.

––Entre ahí y mire a esa hembra a los ojos.

––No me pida eso…

–– ¿No estaría dispuesta a entrar ahí y demostrar quién manda si esa fuera la única manera de salvar a su hijo? 

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