La muerte de Justin

—Deja de llorar ¿quieres?

El pequeño Joel lo intentó y se cruzó el rostro con la mano. Un rastro de mocos y lágrimas le abrillantó las mejillas. 

Tenía que respirar por la boca.

Aquel magnifico día de final de verano se había visto interrumpido por una tormenta benéfica. Los faros de la Dodge 100 alumbraban los pasos del señor Carlin en el interior del establo. Los limpiaparabrisas despedían la lluvia con fuerza hacia los laterales.

Justin había muerto, ahogado. Su padre ató una cuerda al morro del perro y tiró de ella hasta sacarlo del establo, dejando una vía mesiánica en la mezcla de lodo y excrementos.

—Límpiate la nariz. Ahora vuelvo.

Joseph Carlin -48 años, de Nebraska- clavaba los talones en la tierra para avanzar por el barro. Las botas se le hundían mientas arrastraba al perro muerto un cuarto de milla del maizal.

Al regresar, el rostro se le iba iluminando con la yesca del cigarrillo. Traía la cuerda de vuelta.

—Qui-qui-quiero que-ee-e- vuelva.

—Eso es imposible, hijo. Ese chucho se va con Dios. 

—No-o-o -gimoteó con ganas- es-s unn pe-rro-o

— También han muerto una docena de gallinas, joder. Eso sí que es una pérdida. 

El señor Carlin gruñó. Prefirió dejarlo pasar, no era momento de congraciarse el favor de su hijo pequeño con un discurso en favor de las alimañas y las bacterias que se alimentarían durante días del cadáver. Los Carlin tenía un dicho.

Más vida generaba una ballena muerta en el fondo del mar que una viva.

—No se me ocurre nada, Joel -dijo, tirando el cigarrillo con ganas contra la tierra- Tendrás otros perros. 

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